martes, 5 de julio de 2011

#36 Nunca va a quererte tanto como yo

Mi madre se había enterado a la hora de comer; él ya no podía seguir sin saberlo. Bajé cinco minutos después, con los labios pintados, mi bolso nuevo en una mano y la Lettera 35 en la otra . Él me esperaba en el mismo banco de siempre, en aquel pedazo de fría piedra donde tantas horas habíamos pasado planeando un porvenir común que ya nunca llegaría.

-Vas a irte con otro ¿verdad?- pregunto cuando me senté a su lado. No me miró: tan solo mantuvo la vista concentrada en el suelo, en la tierra polvorienta que la punta de su zapato encargaba de remover.

Asentí sólo con un gesto. Un sí rotundo sin palabras. Quíen es, preguntó. Se lo dijé. A nuestro alrededor continuaban los ruidos de siempre: los niños, los perros y los timbres de las bicicletas. Ignacio tardó en volver a hablar. Tal determinación, tanta seguridad debió de intuir en mi decisión que ni siquiera dejó entrever su desconcierto. No dramatizó, ni exigió explicaciones. No me increpo ni me pidio que reconsiderara mis sentimientos. Sólo pronunció una frase más, lentamente como dejandola escurrir.

- Nunca va a quererte tanto como yo.
Y después se puso en pie, agarró la maquina de escribir y echó a andar con ella hacía el vacío. Le vi alejarse de espaldas, caminando bajo laluz turbia de las farolas, conteniendo tal vez las ganas de estrellarla contra el suelo.

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